Si la noche fuera más larga,

el sueño no sería necesario

ni buscar sombras derramadas

entre los pies y las cenizas del alma.

 

No desearíamos libertad,

no habría más que buscarse a tientas

descubriendo de nuevo un perfil

distinto en el mismo contacto.

 

De ser la noche más larga,

no se desearía desear más tiempo

ni fingir tener sueño,

mucho menos buscar la nostalgia

como un pretexto.

 

Es este silencio en el que persiste

la certeza de la duda

donde el lento transcurrir de la vida

se detiene lo suficiente.

 

Y no buscarse sombras,

es una ligera esperanza por sentir,

al menos,

una caricia inspiradora.