Normalmente, no me da por hacer reseñas sobre mi vida ( muy mi laguna de pesares), sin embargo, lo que me ha sucedido en estos últimos dos días, merece ser publicado. No porque con ello alimente mi ego y les presuma lo mal o bien que me trata la vida (más mal que bien, debo adelantarles), sino con afán de denunciar y hacer notorio el mediocre sistema de salud que este país tiene. El mismo del que ahora muchos se regocijan y hacen alarde.
12 de Mayo, 2009.
Por la mañana temprano, me preparo para realizar mi re-inscripción a la Universidad, la cual se atrazó por la “epidemia” de gripa mutante. Amanecí con un ligero malestar en la garganta. Sin embargo, a lo largo del día, fue incrementándose y se sumaron otros: cansancio, dolor en todo el cuerpo y el clásico dolor de cabeza.
Decidí acudir al IMSS de mi localidad, el cual está a 5 miutos en automóvil. Mis padres, un poco alarmados y sugestionados por el constante bombardeo televisivo referente a la Influenza A H1 N1; me acompañaron. Eran las 8:10 p.m. cuando llegamos al lugar.
Para las 8:40, las enfermeras (porque no había médico encargado ni ayudante) en medio de un disgusto completamente justificado solamente recibieron mi carnet e hicieron medición de signos vitales rutinarios (presión y temperatura, la cual tenía en esos momentos de 37.5º), y el resto solamente debía dedicarse a la paciencia, ver la TV, mirar a las otras personas que también esperaban y soportar la ansiedad de una señora que no podía sentarse 5 minutos.
Pasadas las 9:00 p.m. apareció la doctora. Algo contrariada, nos hizo saber que solamente estaba ella, sin ayudante y con un pequeño batallón de 5 enfermeras; por lo tanto debíamos tenerles paciencia. Y así, lentamente, fueron pasando los pacientes, que iban desde bebés con fiebre, hasta personas adultas con el estómago a punto de reventar.
Para cuando llegó mi turno, eran casi las 10:00 pm de la noche, el dolor de garganta, cabeza y cuerpo, me resultaba difícil de sobrellevar y con la mayor calma de la que fui capaz, expliqué a la doctora síntomas, estado y lo que había hecho desde la mañana. Revisión de boca, uso del estetoscopio y palpación de amígdalas. El diagnóstico fue: infección en la garganta y la consecuente hinchazón de amígdalas (Amigdalitis aguda).
Por lo tanto, decidió que debían inyectarme, darme medicamento que durase en lo que al día siguiente fuera de nuevo a consulta y me dieran una receta completa. Y ahí me tienen, entrando de nuevo al primer consultorio donde checaron mis signos vitales, resigándome a ser arponeado en el trasero por una enfermera y su jeringa. Mi fobia a las agujas y jeringas no ayudó mucho, pero al menos pude mantenerme en silencio y soportar el dolor, mientras tanto, en la otra cama el señor con el estómago inflamado a punto de estallar, era revisado por la doctora y todo indicaba que estaba cerca del desmayo a causa del dolor y la deshidratación, debido a la diarrea. Después se me hizo entrega de pastillas de naproxeno y nos fuimos a casa. Eran 10:30 p.m.
Si en la zona de urgencias, no disponen de personal suficiente, como nos tocó a quienes estábamos esperando ser revisados, ¿qué hubiese sucedido si llega alguien con una lesión mayor o en un estado realmente grave? ¿Las enfermeras le hubiesen tomado los signos vitales y luego ponerle a ver la TV, rezando porque no se muera en la silla?

No comments yet
Feed de los comentarios de este artículo