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Mientras mi novia y yo estábamos sentados en una banca del Parque México, en la Condesa; una chica y dos amigos suyos, se acercaron a nosotros. Vendían galletas caseras para juntar suficiente dinero, Florencia se fuera a Guanajuato y buscara Diego… ¿Quién es Diego? Al parecer, un chico del cual, ella está completamente enamorada.
Por la mirada de Florencia y su entusiasmo de ir hasta el otro lado del mundo, si fuese necesario, para encontrarse con su príncipe azul, no pude hacer otra cosa que cooperar con la causa. Le compré una bolsita de galletas (muy ricas, por cierto. Mis respetos para su madre, quien las hace) e hicimos un pacto: Si no lo encuentra y se casa con él, me devolverá el dinero.
Ahora, después de estarlo pensando un rato, llegué a dos posibles resoluciones. La primera es que Florencia está perdidamente enamorada de Diego y hará todo lo que pueda por encontrarlo. La segunda es que es un muy bien estudiado y cruel plan mercadotécnico creado por una mente perversa y vender galletas caseras.
Espero en verdad, que sea la primera. Espero en verdad, que esa chica, la cual está empezando a perder la razón, un día de estos termine su búsqueda con un final feliz.
Al parecer, no tenemos muchos datos acerca del sujeto en cuestión, así que les dejo el link de Florencia busca a Diego, vean lo que ha hecho y por un momento, sólo por un momento piensen: ¿Tú harías lo mismo, por amor?
LA VISITA
Aarón Zoé Guadarrama Becerril (2001)
Ya estás a punto de dormir. Son las doce y media de la noche. Has apagado la luz de tu cuarto y en la televisión no hay algún programa que te llame la atención. Te has acostado en tu cama con dirección al norte, para dormir mejor según tú y una revista vieja que encontraste en el desván. Hace frío, es normal pues es pleno otoño y acostumbra llover en esa época, pero tus tres mantas y un edredón azul oscuro resultan suficientes para que estés cómodo.
Ya quieres dormir y no quieres pensar demasiado en la chica que viste en la escuela, mucho menos en que le entregaste una carta con versos tuyos hace una semana y que ella te agradeció ese detalle el Lunes pasado terminando las clases. Tampoco ves mucho alrededor; la ventana escondida detrás de unas cortinillas no deja iluminar a la luna creciente que está afuera, como esperando que la invites a pasar.
En todo caso, la conciencia empieza a dejarte y el sueño te amarra las sienes para que te sosiegues de una vez. Pero adviertes que alguien o algo ha entrado en tu habitación oscura y desordenada. No quieres abrir tus ojos, y tampoco quieres sugestionarte. Pero te parece que eso se acerca a tu lado diestro, justo a la altura de tu pecho. Sabes que hay algo en tu cuarto, y sabes también, que estás completamente solo en casa pues tus padres se han ido a una fiesta y regresarán a casa hasta el día siguiente por la mañana o mediodía.
“¿Qué es eso? Ojalá sea ella…”, piensas torpemente.
Por fin, te decides a abrir los ojos. Despacio, levantas los párpados y distingues con esfuerzo el escritorio frente a tu cama, y con los ojos aún entrecerrados giras la cabeza a tu derecha. Pero antes de que llegues a ver algo:
- Shhh. No temas. Soy tú.
Escuchas una voz, tranquila y sin el menor tono de arrogancia. Tu cuerpo se queda petrificado. Empiezas a sentir miedo, mueves tus ojos hacia tu derecha nuevamente, reiniciando ese viaje iniciado en el escritorio. No hay más en tu mente, no piensas en qué pudo significar ese “Soy tú” o si esa voz era de hombre o de mujer. No te importa nada de eso, sólo quieres saber de dónde vino ese sonido.
Y allí está: una figura claramente humana, de pie, perfectamente quieta, como si estuviera en ese sitio desde siempre; sin embargo, no puedes distinguir algún detalle claro, te parece que es una sombra, suficientemente cerca de la cama para que sólo estires tu brazo y la toques.
- ¿En verdad quieres que hablemos? – vuelve a susurrarte esa sombra, con el mismo timbre profundo y la misma tranquilidad. Ahora te das cuenta de que es una voz masculina. No te parece rara, pero no consideras que provenga sólo de la sombra, sino que se origina de todos lados al mismo tiempo.
Aún no puedes moverte y tratas de mirar con más atención, venciendo la oscuridad. Intentas hablar, de articular alguna frase, pero todos tus músculos están tensos y el miedo empieza a consumirte. No sabes qué significa todo esto, no sabes si es tu imaginación, si estás soñando, o si es verdad…
- No estás soñando. No es tu imaginación. Esto es verdad.
“¡Cielos! ¿Cómo supo…?” logras pensar. No consideras posible que esa silueta pueda leer tu mente. “¿Qué está pasando?”
- ¿No quieres hablar? – continúa la sombra, con un mínimo de expresión en su decir. No sabes qué hacer, no te has movido desde que escuchaste esa voz. Pero por fin, logras hablar:
- ¿Quién… quién eres? – preguntas con tu voz quebrada y temerosa.
- Permíteme encender la luz. Así sabrás quién soy – responde la sombra mientras gira a su izquierda lentamente.
Estira su brazo y aprieta despacio el interruptor. La habitación se llena inmediatamente con una luz blanca y limpia. La repentina iluminación te irrita los ojos y los cierras bruscamente frunciendo el ceño. Los abres después de unos segundos y ves a un hombre sentado muy cómodo en la silla de tu escritorio, viéndote de frente. Un individuo con la cabellera rubia ceniza, peinada de lado y ligeramente hacia atrás; ondulada, con unos pequeños rizos apenas tocando el cuello de su largo abrigo negro, que cae suavemente a los costados del asiento.
“Pero… ese rostro… ¡No es posible…!”; recapacitas y abres la boca al igual que tus ojos aún deslumbrados.
- Sí, soy tú.
En efecto, ese rostro es el tuyo. Pero no es exactamente igual. Ése tú es más blanco, como si estuviera tallado en mármol. Carente de emoción alguna en la cara. Mirándote firme con sus ojos castaños. Y entonces, sonríe sin despegar los labios y sus facciones se mueven con mínima alteración. Tú haces lo mismo involuntariamente, te ruborizas y prefieres sentarte aún tapado desde la cintura con las tres mantas y el cobertor azul, recargado lerdamente sobre la cabecera de tu cama. Ahora diriges tu inspección al cuerpo de ese personaje. Ves la camisa guinda semi oculta por el abrigo y por sus brazos cruzados sobre el pecho.
- No tengas miedo – dice él -. Simplemente, conversemos.
- … No sé… a qué te refieres… – contestas aún concentrando tu atención en su figura.
- Tú tienes dudas, ¿no es cierto? – te pregunta –. Vengo a responderlas. Mejor dicho, tú vas a responderlas.
- No entiendo – dices confundido por sus palabras -, ¿qué quieres decir con que tú eres yo?
Él desvía la vista hacia la ventana, como simulando perderse en sus pensamientos.
– Sólo eso: yo soy tú y nada más. No te preocupes, no tiene importancia ahora.
Pero su respuesta no te satisface. Sin embargo, te parece lógica y contundente, así que decides dejar ese tema en paz.
Él vuelve a mirarte fijamente y dice: – Empieza, pregunta o di lo que quieras -. No parece una orden, pero no puedes negarte y tratas de preguntar algo.
- Tú… ¿sabes todo? – dices al fin, carraspeando y pasando saliva al terminar. Él te mira sin inmutarse por tu pregunta y vuelve a sonreír, esta vez apenas mostrando los dientes y sus labios se estiran suavemente.
- Yo sé lo que tú sabes, y sé de lo que no te quieres dar cuenta – responde despacio, como saboreando cada palabra. Se oye el ladrido de un perro, demasiado lejano para incomodar a tu visita y a ti. Guardas silencio y formulas la pregunta siguiente:
- Pero, si me voy a responder yo mismo, ¿qué haces tú aquí? Porque no tiene mucho sentido que te presentes si conmigo es suficiente.
- Tal vez tengas razón… pero no estás siendo justo ni sincero contigo – responde él sin señal de enojo, pero te sigue observando de tal manera que es difícil mantenerle la mirada.
- Yo estoy aquí – continúa – porque tú lo necesitas. Entonces, yo lo necesito. Si tu eres feliz, yo soy feliz. Si me ves con este aspecto, es porque tú eres así en realidad.
Te sorprende esa respuesta. Te parece terriblemente rica y sonora su voz, que no necesita esforzarse para llenar tu cuarto. Él se levanta ahora de la silla, el magnífico abrigo negro se mueve alrededor de su cuerpo mientras camina despacio y ligero hacia el estante de cuadernos y notas donde escribes tus poemas y algunos versos sueltos que aún no encuentran compañía para formar una alborada completa. Su mano derecha toma un fólder amarillo, en el que tú guardas borradores desde hace poco más de una semana. Mientras lo hojea y deja escapar unos leves gestos de asombro, tú lo miras como hipnotizado, pues nunca pensaste que te movieras de esa manera ni que tuvieras ese perfil, por supuesto, no tienes esa ropa en tu closet, ni la piel tan blanca… pero tu sensación de maravilla se ve interrumpida por él cuando te pregunta:
- ¿Realmente ella te provoca todo esto? Lo que escribes es maravilloso… pero, ¿por qué percibo desilusión escondida detrás de toda esta belleza germinada por coqueteos, frutas, ojos y labios? Tal vez piensas que no te quiere en realidad, sólo son hormonas, como sueles decir.
Y te muestra esa hoja cuadriculada y arrugada que llenaste de escritos en la biblioteca del colegio, mientras la mirabas sin que ella se diera cuenta. No sabes qué responder, sólo te sientes insignificante ante su elocuencia.
Pero te levantas sin contestar y buscas tu pantalón de mezclilla entre la montaña de ropa que tienes en los pies de tu cama. Mientras te lo pones, él te mira como divertido de tu prisa y nerviosismo.
- Ya te he dicho que no temas, amigo mío. Sé que quieres ir al comedor, prender un cigarrillo y dialogar más tranquilamente. Porque te sientes inferior en tu cama mientras que yo estoy frente a ti en una silla. No tenemos prisa, te espero abajo, en el comedor – . Sale de tu cuarto apenas termina de explicarte lo que quieres, y oyes sus pasos lentos bajando la escalera, después el rechinar pesado de la silla de madera contra el piso cuando alguien la mueve para sentarse en ella y disponerse a comer.
Terminas de calzarte los zapatos y corres desesperado a las escaleras para seguir atónito por tu huésped fortuito. Y al terminar de bajar, doblas a la derecha para dirigirte al comedor y lo ves sentado, de espaldas a ti, justo a la mitad de la mesa rectangular, recargando los codos sobre el borde y su mano izquierda sobre la derecha. Ya ha quitado el florero de centro para que puedan verse sin obstáculos, dispuso un cenicero y la cajetilla de cigarros que escondiste debajo del sillón individual de la sala. Todo está listo para que sigas siendo atacado con preguntas que jamás te atreviste a preguntarte. Jalas la silla que está frente a él y te sientas temblando y sudando frío, sin dejar de mirar sus manos blancas y relajadas sobre la mesa.
- ¿Qué puedo hacer para que dejes de tener miedo? Pero te he preguntado otra cosa: ¿Realmente sientes todo lo que has escrito en esa hoja por ella? Muchos no lo creerían – y su mirada se vuelve brillante, como si supiera cómo llamar tu atención.
- Sí… antes pensaba que sólo me gustaba como otras tantas, pero…
- Sus ojos, ¿verdad? – interrumpe él. Entonces golpeas la mesa con tu puño izquierdo y lo señalas inmediatamente:
- ¿Por qué estás aquí, si sabes perfectamente lo que siento? – y te dejas caer pesadamente sobre tu lugar. Tratas de limpiarte el sudor y pasas la mano por tu cabello alborotado.
- ¿Lo crees? – contesta él, sin perder la calma que empezaba a pender de un hilo -. Yo sé lo que sientes, pero tú no. No totalmente. Por eso estoy aquí. Vamos, toma un cigarro, quizá te calme.
Tú tomas la cajetilla y sacas el cigarro, pero no puedes sujetarlo bien, pues tus manos están temblorosas.
- Deja que yo lo prenda -. Él toma el encendedor, lo prende levantándose en tu dirección. Nunca has estado tan cerca de él y puedes distinguir su piel clara y pulida.
- Escribí todo eso porque quería regalarle esa hoja – le explicas después de una fumada. Él te escucha atento, ahora recargado sobre el respaldo de la silla y la cabeza ligeramente de lado.
- ¿Querías? – dice él con curiosidad.
- Sucede que… no me ha hablado desde hace dos o tres días. Pero estoy acostumbrado a eso – dices entre pequeñas risas.
- Entiendo… – y él baja la vista, reflexivo, moviendo su dedo índice sobre el borde de la mesa, como tocando un piano. – ¿Qué piensas hacer ahora? – pregunta sin mirarte.
- No lo sé… – respondes y tu rostro se opaca.
- A las otras las seducías, intentabas que te dieran una explicación, ¿por qué con ésta es distinto?
- ¡Con todas fue distinto! – contestas gritando y mirando furioso a tu compañero de mesa -. ¡Todas son distintas!
- ¿Cuál es la diferencia, entonces? – su cuestión te deja atrapado de nuevo; lo miras desdeñoso, piensas que cualquier argumento que le des será insuficiente.
“¿A qué quiere llegar?”
- No sufras, amigo mío. Sé que a todas las quisiste, has amado muy bien. El amor no cambia. Lo que cambia, es la persona a quien diriges ese amor y la intensidad con que lo hagas. Tu amor es único – afirma con una sonrisa que hace más atrayente su cara- . Pero, ¿qué vas a hacer? – vuelve a preguntarte.
Sueltas una leve carcajada y te levantas con tu cigarro a la mitad. Caminas alrededor de la mesa hasta detenerte a su lado izquierdo y susurras en su oído:
- ¿Tú qué crees que debo hacer? Por mí, apenas la viera y la besaría hasta que no pueda sentir algo en su cuerpo -. Das una palmada en su espalda y regresas a tu lugar. Él te mira complacido por la broma y contesta:
-¿Qué estás esperando para hacerlo? No creo que le desagrade. Si no recuerdo mal, tú le gustas a ella. Eso fue lo que te dijo, ¿lo olvidas?
- Es verdad. También le gustó lo que le escribí. Pero ¿por qué no me habla? Es decir, si en verdad le gusto… debiera hacerlo.
- ¿Por qué tendría que hacerlo? Quizá no te hable para saber si estás jugando con ella o no, cosas por el estilo – dice él -. ¿No has pensado qué siente ella? Tu mundo, el que has creado con todo lo que haces, está destruyéndote. Permite que alguien entre en él. ¿No es demasiada soledad?
- Nunca es suficiente… no para mí… – contestas amargado. Vuelves a sentir ese dolor que creíste olvidar -. Escucha: no dejo entrar a alguien a mi mundo porque… tú sabes por qué… no me hagas hablar – suplicas y la garganta empieza a fallarte. Hacía mucho que no hablabas con alguien sobre eso. Tu visita inclina la cabeza y pone su mano izquierda sobre la frente. Sólo aprecias su boca entreabierta. Pero levanta su rostro y su mano queda sosteniendo su barbilla.
- Lo sé. Y también sé que por eso escribes tanto, esa es tu única válvula de escape. ¡Reacciona! – dice levantando su voz al igual que su cuerpo de la silla y apoyando las manos sobre la mesa. – ¡No es necesario sufrir tanto! – Tú lo miras triste y con los ojos y las mejillas llenas de lágrimas.
- ¡Ya basta! Estoy harto de tu inseguridad.
- No digas más, por favor… – ruegas débilmente -, ¿Crees que no me doy cuenta? ¿Piensas que no sé mis debilidades? ¿Por qué vienes a lastimarme de este modo? He tenido suficiente con toda la gente de allá afuera, en esta casa… en todos lados. Nunca me han entendido, ni yo los entiendo. Te juro que no pretendo entender…
- ¿Entender qué? ¿Qué? ¿Por qué no admiran tu poesía, tus dibujos? Eso no importa –. Replica él, notablemente exaltado y tratando de sobreponerse al ataque de furia que acaba de tener. – ¿Qué es mejor?: ¿Que a la persona que amas realmente, le guste y provoque emociones aquello que le escribiste, o que un crítico de Literatura evalúe tu obra como algo apenas sobresaliente?
Los dos se miran del mismo modo, con los ojos rojos de emoción y llanto, pero es tu turno de hablar. Sabes que te importa más lo primero y lo dices.
- Toma asiento. Perdóname por cómo te hablé, pero… somos el mismo ¿no?, así que me grito yo solo -. Le dices con una sonrisa casi forzada.
Él se sienta y contesta que no hay problema, te pide un cigarro. Lo enciende y adelantándose sobre la mesa, con una risita casi maligna te dice:
- Háblame de ella. ¿Por qué ella? Habiendo tantas… – bajas tu mirada y luego observas el humo de tu cigarro que está por terminar.
- Fue su voz, su mirada, su carácter… ¡Dios! ¡Hasta sus lentes! – dices riendo, sin dejar de mirar el humo.
- ¿Qué te dijo después de que leyó lo que le diste? – insiste él, igual que un niño pequeño.
- Mmmm – piensas y vuelves a reír disimulando tu alegría al recordar aquello -. Ella dijo: “¿Tú me mandaste esta carta?” y yo lo confirmé. Entonces se puso nerviosa y me preguntó como con miedo el por qué de esa carta. Contesté que era muy fácil una respuesta para eso. Ella dijo algo como “quiero oírla” y le dije que me gusta. Luego… todo me parece tan borroso… – suspiras con la vista en el techo -, recuerdo que nos preguntamos cosas sobre lo que hacíamos y qué nos gustaba, esa cosas que simulan mera formalidad.
Él parece que se deleita con lo que dices y adviertes su rostro feliz y emocionado. Pero se levanta de la silla y camina hacia el modular de la sala. Lo prende y pone un disco compacto que no alcanzas a reconocer.
Una música de piano clásico se oye suave por la casa y tú no logras traer a la memoria la canción.
- Es Elliot Goldental – te dice mientras toma una bocanada -, hace mucho que no lo oímos. Por cierto: ¿Qué música le gusta a ella?
- Le gusta… la trova -. Contestas con la canción en tus oídos cansados de tanto silencio y tanta pregunta. Él mira por la ventana que da hacia el patio trasero de la casa, a la cual tú das la espalda y cruza los brazos mientras camina hacia la mesa.
- Oh, entonces le gusta la guitarra, la bohemia, un ambiente romántico y simple. Si no me equivoco eso te gusta ti también.
- Sí, pero no del todo… – contestas mientras lo ves sentarse en su silla -, yo soy más oscuro, por decirlo de alguna manera.
- ¿Oscuro? – pregunta levantando una ceja y su boca vuelve a estirarse.
- Sí, ¿no recuerdas? Soy o éramos, no sé cómo decirlo… ¡Cielos! He tratado de vestirme toda la vida como tú.
- ¿Cómo yo? Mi ropa no significa nada, salvo que tú le des algún significado. Recuerdo lo que eras – dice él -, aunque en realidad, lo sigues siendo y lo serás, porque eso quieres.
-Sí… – respondes aliviado de que te interprete -, pero te confieso que me gustaría mucho ser como eres tú.
- ¡Tú eres así! – parece enojarse -. ¿No te he dicho que yo soy tú? Si no tienes este atuendo es porque no has podido conseguirlo, eso es todo.
- Eso ya lo sé – dices perturbado por su repentino enojo -. Pero, ¿por qué tú traes esa ropa?
- Porque tú lo quieres. ¿Pero en qué estábamos..? Ah, sí, a ella le gusta la trova y a ti… – dice extendiendo su mano para que termines su frase.
- Pues… el rock, la electrónica y esas cosas -. Terminas algo confundido por el cambio tan súbito de tu otro yo. Consideras casi imposible que alguien pueda pasar de un estado de ánimo a otro tan rápido. No obstante, piensas que si él es tu reflejo o lo que sea, entonces te comportas igual o aún peor.
- Sí, eres peor – ataja él sobre tus pensamientos -; por eso nadie te quiere, ¡“Señor caos”! – se mofa soltando una carcajada repentina, después de fingir estar serio e indignado contigo. Tú sabes perfectamente el motivo de ese sarcasmo, lleno de verdad.
- Mi vida es un caos, lo sé – dices en voz baja y con la vista en el cenicero, mientras apoyas tu cabeza en la mano derecha-. Supongo que yo me lo he buscado. He cometido muchos errores, pero no me arrepiento de lo que he hecho. Después de todo: Hago lo que me gusta, ¿no es cierto? – dices, pero no a él, sino a ti mismo -. Y eso me hace feliz. Mi poesía, mis cuentos, mi música… – de pronto, tus pupilas se dilatan y lo miras mansamente – Ella… Creí que no volvería a enamorarme y quise sacar esos sentimientos tan excelsos y al mismo tiempo tan…
- Terribles… – interrumpe él, con la voz grave y desairada.
- Exacto. Ella provocó todo este enloquecimiento mío. …¡Pero no me habla…! – te lamentas y recargas tu frente sobre la mesa, provocando un ruido seco.
-No exageres. Te quiere, en serio. Yo estuve cuando hablaron por última vez, y puedo asegurarte que ninguna mujer te ha mirado como ella. ¡Santo cielo! ¡Te estaba comiendo con los ojos! ¿Acaso no dijo que estaba temblando y que le sudaban las manos cuando te pidió que hablaran?
La música de piano había terminado y ahora escuchas a toda una orquesta, interpretando una melodía serena y dulce. Los violines remataban el ritmo armónico con sonidos prodigiosos y largos. Mientras tanto, levantas la cabeza para mirar a tu huésped, con su vista en la hoja que sacó de tu fólder, y su rostro es amigable y risueño.
- Es hermosa. Son iguales: ella y esa música.
Asientes con la cabeza y los dos se quedan en completo silencio escuchando la canción. Ahora piensas que ese encuentro no es tan malo, si bien te dejó cerca de un paro cardiaco, terminó por despejarte dudas. Crees que cuando empiece a amanecer, él se marchará y al día siguiente vas a ir decidido con ella para hacer lo que tienes que hacer.
- No me voy a ir, amigo mío. Soy parte de ti y ella también. Y tú ya eres parte de ella, créeme. Ahora vamos a dormir.
Es una cuna, refugio,
entrada, centro del universo
u orilla de él.
Es donde el tiempo
empieza y se detiene,
donde el placer se crea
o a donde llega.
Es a donde yo llego
a besar y tocar
el centro de tu universo.
Es donde tu alma duerme,
donde yo la despierto.
Es donde duermo,
donde de la muerte despierto.
ENSAYO SOBRE “LA METAMORFOSIS” DE FRANZ KAFKA
Gregorio, un joven con trabajo y vida común, un día amanece transformado en insecto. Kafka, autor del libro, logra un ambiente excepcional valiéndose de simbolismos poderosos. Pero ¿cuál es su significado principal? Y sobre todo, ¿qué significa el hecho de que Gregorio Samsa despierte transmutado en bicho? Seguramente existen muchas posibilidades de interpretación y la que trataré en este ensayo será en un sentido de cambio frente a lo que ocurre en su vida diaria. A pesar de que Gregorio despierta como insecto de manera física, su transformación en bicho es representación de decadencia y ruptura provocada por su vida monótona y superficial, ya que la presión que ejerce su trabajo y familia lo deprime.
El ser una persona de bien a Gregorio no le representa más que una forma de solventar deudas que ni siquiera son propias; por tener que viajar grandes distancias y conocer personas que no le ofrecen aprendizaje o ayuda sincera: “Todos los días viajes. Este trabajo es más irritante y más complicado que llevar el negocio práctico del almacén. Y no se diga de las molestias que dan los viajes continuos: preocuparse de la combinación perfecta de trenes, dormir y comer fuera de horas, y entablar conocimiento con personas tan diferentes y en un trato siempre tan superficial que nunca los sentimientos de amistad logran tener cabida. ¡Basta ya de todo esto!” (6). Su compromiso ante la familia es demasiado importante y no puede dejarlos solos, “De no estar por medio mis padres hace mucho que me hubiera largado” (6). Antepone su felicidad por el bienestar en casa de su familia, provocándole un progresivo y creciente malestar. Al mismo tiempo, piensa que su situación laboral no lo hace superarse, solamente es un círculo vicioso del que no puede salir. La añeja deuda de su familia con la empresa lo obliga a llevar este ritmo de vida que no le parece provechoso de ningún modo.
Sin embargo, dicha situación económica frente a la empresa donde Gregorio solía trabajar, lo hace seguir adelante, más allá de que no le vea provecho alguno invertir tiempo y esfuerzo en un trabajo tan superficial: “- Pero, señor – gritó Gregorio, desesperado, olvidándose de todo -. Voy de inmediato, salgo al momento. Un ligero malestar, un mareo, impidió que me levantara. Me encuentro acostado aún. Pero ya me he recuperado del todo. En este instante me levantaré. ¡Un minuto de paciencia!” (15). Estas palabras de Gregorio hacia el principal y demás familiares, suponen que antepone el bienestar económico de la casa sobre su propia salud, aunque ellos simplemente no lo vean así.
En casa la relación entre miembros es incluso peor, donde la comunicación está fracturada con los padres y el distanciamiento con su hermana va en aumento sin importar el gran cariño que lo une con ella. EL Señor Samsa no trabaja desde hace varios años y la madre se limita a ser ama de casa. “Ahora (dice la madre), sin ir más lejos, ha permanecido aquí ocho días; ¡y de casa no se ha movido ni siquiera una noche! Se sienta junto a nosotros en la mesa, lee el diario en silencio o estudia itinerarios” (13). Como se logra percibir, Gregorio simplemente no tiene amigos o una pareja sentimental estable con la cual salir o tener un rato de diversión.
Esto sumado la manera en que sus padres y hermana no lo ven como algo más que lleva dinero a la casa, y no precisamente como un miembro de la familia, eventualmente lo sumergen en una depresión de la que no habría retorno:“… pues aunque Gregorio logró después ganar lo suficiente para mantener por sí solo a la casa, la costumbre, tanto en la familia, que recibía agradecida el dinero de Gregorio como éste que lo entregaba con gusto, hizo que las muestras de sorpresa y alegría no volviesen a reproducirse con el mismo sentimiento” (33). El trabajo y el ritmo tan acelerado que sostiene, no le permiten unos días para realizar alguna actividad lúdica que lo relaje y despeje su mente.
Hacia el final de relato, Gregorio sufre la ruptura total de forma bastante violenta, por parte de quien él consideraba su único y último eslabón con el mundo: Grete, su hermana: “-Las cosas no pueden seguir así. Quizá ustedes no lo entiendan, pero yo sí. En presencia de este monstruo no quiero ni proferir el nombre de mi hermano; de manera que sólo diré que debemos tratar de deshacernos de él. Hicimos todo lo humanamente posible por cuidar y soportarle, y estoy segura que nadie se atrevería a hacernos el más mínimo reproche” (63). Ante la situación donde Gregorio ya no es más parte del núcleo familiar, termina por deprimirse más aún y comprendiendo esto, con dificultad vuelve a su habitación. La muerte no significa más que darle punto final al sufrimiento de sus padres y hermana (después de todo, ellos ya trabajaban y solventaban sus gastos), además de que poco y nada podía hacer con su estado físico actual.
En conclusión, frente a su vida monótona y rutinaria además de la presión familiar por sostener la casa. Ante tal situación, el insecto es el símbolo del humano frustrado por su estilo de vida superficial. Su muerte, es el resultado final de cualquier persona si decide romper con su estilo de vida por parecerle inútil. Haciendo de lado sus actividades anteriores y presiones familiares, el no hacer algo por cambiar y darle un mejor sentido de felicidad a su propia vida e instalarse en la comodidad, termina por auto-destruirse.


